Cultura y tradiciones
Recorrido histórico y etnográfico por el ciclo pascual ilicitano
La Pascua en Elche no se entiende del todo si se mira solo como una celebración religiosa o como una costumbre gastronómica. Para leerla con precisión hay que atender también a los lugares donde se ha celebrado y se celebra. El ciclo pascual ilicitano se reconoce en las Aleluyas, en la mona, en la salida colectiva al campo y en la geografía cambiante que esas prácticas han trazado sobre el palmeral, el secano, el litoral y, hoy, sobre un mapa más fragmentado. Vista así, la Pascua deja de ser una escena aislada y se revela como una forma de relación entre comunidad, paisaje cultural y memoria compartida.
Las Aleluyas: el umbral del ciclo
Para quien no conozca la tradición ilicitana, conviene empezar por ahí. La Procesión de las Aleluyas se celebra el Domingo de Resurrección. En ella, la Virgen de la Asunción sale a encontrarse con Cristo Resucitado bajo una lluvia de papeles de colores llamados aleluyas. No es solo una ceremonia vistosa ni el último acto de la Semana Santa. Es el umbral del ciclo: el paso del tiempo de la abstinencia al tiempo de la Pascua, de la contención cuaresmal al tiempo festivo.
Las primeras referencias documentales de una procesión solemne en el Domingo de Resurrección en Elche se encuentran en las Actas de los Concejos Municipales del año 1531. Ese dato no es un adorno erudito. Sitúa el arranque conocido del ciclo en una cronología larga y permite leer la Pascua ilicitana no como invención reciente, sino como una práctica de continuidad histórica.
Ese umbral importa porque la Pascua no termina en la procesión. Después del rito litúrgico, la fiesta se desplaza. Sale de la ciudad ceremonial y busca otros espacios. Ese paso no es un añadido secundario, sino parte constitutiva del ciclo. Las Aleluyas abren el tiempo pascual; lo que viene después lo desarrolla en otros lugares.
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La mona: centro material del ciclo
Si las Aleluyas abren el tiempo, la mona lo materializa. Conviene apartarse desde el principio del lenguaje blando que la reduce a “dulce típico”. La mona es una pieza ritual, una provisión de Pascua y un símbolo de vínculo social. Las fuentes y los estudios de base la sitúan en el terreno de la cultura material y no en el del costumbrismo superficial. No debe leerse como simple postre, sino como alimento ligado a la ruptura del ayuno cuaresmal y a la comida compartida fuera de casa.
Su nombre conserva además una historia larga. El término mona remite al árabe hispánico máwna, emparentado con munna, con el sentido de provisión o regalo alimenticio. En el periodo andalusí, esa voz se vinculaba a un presente de comida. Más tarde, ya en época cristiana, la tradición de padrinazgo asoció con frecuencia la mona al regalo del padrino al ahijado, a veces con un huevo por cada año del niño hasta un máximo de doce. No se trata solo de comer. Se trata de dar, recibir y reconocer una relación.
La documentación conservada en el Arxiu Històric Municipal d’Elx permite además devolver la mona al terreno de la cultura material. Un legajo de 1863 de la colección Ruiz de Lope recoge una formulación concreta: harina sin cerner, aceite de oliva, huevos, azúcar blanco, azúcar terciado, piñones y anís. Esa receta no solo documenta una técnica; también deja ver el coste material de la Pascua y la capacidad de inversión excepcional que el calendario festivo exigía a muchas familias. Aquí hay ingredientes, proporciones y memoria documentada.
También conviene mantener la distinción entre mona y fogasseta, porque forma parte de la precisión cultural del ciclo. La mona incorpora el ou bollit, el huevo duro incrustado en la masa; la fogasseta es el bollo sin ese elemento ritual. El huevo no adorna: define la pieza. Y, además de su función estructural, conserva una carga simbólica evidente: renacimiento, tránsito, vida nueva.
Lengua, juegos y gestos: el patrimonio inmaterial de la Pascua
La mona no se agota en su receta ni en su simbolismo. A su alrededor se activa una parte decisiva del patrimonio inmaterial de la Pascua ilicitana. Esclafar l’ou —romper el huevo duro de la mona en la frente de otro—, los rogles o juegos de corro, las pandillas que salían juntas a fer la mona y el catxerulo, la cometa de cañas y papel que se alzaba con el viento de primavera, forman parte de un sistema de transmisión que no se conserva solo en los objetos o en los espacios. Se conserva también en los gestos, en los juegos y en la lengua que los nombra.
Por eso el valenciano no entra aquí como adorno localista, sino como parte de la tradición misma. Las costumbres no sobreviven solo en lo que se hace, sino también en cómo se nombra lo que se hace.
Anar a fer la mona: salir al campo
En Elche, la Pascua se prolonga en dos Lunes de Pascua consecutivos. Y esa prolongación tiene un nombre propio: anar a fer la mona. No es una simple excursión ni un “picnic” de primavera. Es una salida colectiva al campo para comer, jugar y pasar el día fuera de casa. La expresión valenciana importa porque nombra mejor que ninguna traducción una práctica cultural que une desplazamiento, comida y sociabilidad.
La comida de esos días también merece ser leída con rigor. Mona, coca salada, tortilla de patatas, bocadillos de magra con tomate, fogassetes y habas tiernas no forman un inventario pintoresco. Dibujan una mesa de primavera trasladada al exterior. Las habas sitúan la celebración en la huerta y en una estación concreta. La mona la fija en la Pascua. La comida compartida la convierte en hecho comunitario. Lo importante no es solo lo que se come, sino el tipo de relación que esa comida organiza.
Tampoco conviene banalizar la salida al campo. En su forma histórica, anar a fer la mona no era solo un desplazamiento alimentario. Era una ocupación colectiva del espacio agrario en el momento de mayor vitalidad del calendario primaveral. Los rogles, los recorridos de las pandillas y el vuelo del catxerulo daban a la jornada una geografía corporal propia. La comunidad no solo comía fuera de casa: recorría, ocupaba y marcaba el espacio.
Los espacios fundacionales del siglo XIX
La documentación obliga a mirar la Pascua no solo como secuencia de ritos, sino como historia de lugares. En el siglo XIX destacan dos espacios centrales y simultáneos: los Horts de la Verge y Aigua Dolça i Salà. Ahí empieza la geografía moderna documentada de la fiesta.
Los Horts de la Verge
Los Horts de la Verge, hoy integrados en el Parque Municipal, fueron durante mucho tiempo el escenario preferente de la Pascua colectiva. Su importancia no se entiende sin la historia jurídica del Vínculo de Nicolás Caro, que ligó esos huertos a la Virgen de la Asunción y dispuso su paso a esa advocación al extinguirse la línea sucesoria. Al quedar vinculados a la Patrona, estos huertos escapaban a la lógica privada y funcionaban como espacio de acogida comunitaria. No eran solo huertos agradables dentro del palmeral. Eran uno de los espacios de uso comunitario más significativos de la ciudad en los siglos XVIII y XIX.
Por eso la Pascua en los Horts de la Verge no fue una casualidad paisajística. Allí se reunían familias, se extendían manteles sobre la tierra húmeda, los niños corrían hacia las séquies y los rogles encontraban espacio entre los horts. La fiesta se celebraba en un espacio donde agua, sombra, uso compartido y devoción componían una misma trama. Esa condición de espacio fundacional no debe confundirse con una continuidad intacta hasta hoy. Su función histórica fue decisiva; su forma actual es otra.
Aigua Dolça i Salà
Junto a los Huertos de la Virgen, Aigua Dolça i Salà fue el otro gran enclave del siglo XIX y de buena parte del XX. Su importancia no residía en ser un paraje pintoresco, sino en concentrar una verdad material de Elche: allí eran visibles al mismo tiempo la Acequia Mayor, con el agua salobre del Vinalopó para riego, y la conducción de agua dulce incorporada en el siglo XVIII para el consumo humano.
La ciudad dependió durante siglos de pozos, agua de lluvia y aljibes para beber, y solo con la llegada de agua dulce desde Aspe cambió de forma profunda su relación con el consumo humano. Por eso Aigua Dolça i Salà era algo más que un destino festivo: hacía visible la doble organización del agua que sostuvo históricamente a Elche.
Las prácticas del lugar lo revelan bien. Los niños se acercaban a la acequia, mojaban los pies, improvisaban pequeñas presas; los mayores distinguían las corrientes y el espacio no se contemplaba solo como paisaje, sino que se habitaba. Aigua Dolça i Salà permitía experimentar de forma directa una parte decisiva de la organización local del agua.
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| El Aigua Dolça i Salà, la fiesta se acercaba a uno de los lugares donde mejor se hacía visible la organización del agua en Elche. |
El palmeral productivo: los horts específicos
A los espacios de uso comunitario se añadía otro circuito, menos público pero igualmente revelador: el de los horts arrendados o vinculados a relaciones productivas dentro del palmeral. La documentación sitúa este circuito entre finales del siglo XIX y los años 40 del XX, y menciona huertos como el del Balaguer, el del Xocolater o el de Porta. Aquí la Pascua no se superponía al mundo agrario desde fuera: surgía dentro de él. Las familias celebraban en el mismo huerto con el que mantenían una relación de trabajo, de arrendamiento o de vida cotidiana.
Ese detalle corrige una visión demasiado abstracta del palmeral. No era solo un marco general, sino una red de horts concretos, con acequias secundarias, balsas de riego y usos específicos. La fiesta se vivía dentro del espacio productivo. El progresivo cierre de este circuito en los años 50 y 60, al cambiar la propiedad y reducirse el acceso directo a los huertos, forma parte central del desplazamiento posterior.
La sierra y el secano: anar a fer herbetes
La documentación obliga a no tratar anar a fer herbetes como una nota marginal. Entre los años 20 y 50 del siglo XX, y en realidad desde antes, la salida a la sierra en la Ascensión cierra el ciclo pascual y lo conecta con el secano ilicitano. Aquí el mapa de la fiesta se ensancha. El oasis irrigado no agota el mundo que la comunidad reconoce como propio: aparece también la sierra, con el cantueso, el tomillo y el romero, el esparto que ata los ramilletes y el herberet que circula en el interior de las familias.
La práctica ha entrado en declive, y conviene decirlo sin dramatismo. Pero sigue siendo muy valiosa porque muestra que el ciclo pascual ilicitano no se limita al Lunes de Pascua. Se prolonga, cambia de escenario y recuerda que la cultura local se construyó en la relación entre el palmeral y el secano, entre el espacio irrigado y sus complementos botánicos y domésticos.
Del palmeral productivo a un mapa más amplio
A partir de mediados del siglo XX, la geografía de la Pascua empieza a cambiar con más claridad. Ese cambio no puede entenderse solo como una mudanza de costumbres. Responde a una transformación más profunda de la ciudad. Elche dejó gradualmente de ser una sociedad fundamentalmente agrícola para convertirse en una sociedad industrial. La agricultura del oasis perdió centralidad, muchos huertos cambiaron de función, algunos se transformaron en parques y jardines y otros desaparecieron bajo la expansión urbana. A ello se sumaron la nueva composición social de la ciudad, marcada por la industria del calzado y por la llegada de población trabajadora sin vínculos directos con el palmeral productivo. Todo eso alteró también los lugares donde se celebraba la mona.
A ese cambio interno se añadió otro factor decisivo: la movilidad. La incorporación generalizada del vehículo a partir de los años sesenta volvió mucho más accesibles los espacios del litoral y amplió de manera efectiva el territorio practicable de la Pascua. Elche ya no se vivía solo desde el palmeral y sus bordes inmediatos. La costa, la laguna y otros espacios del término municipal entraron en la experiencia festiva de un modo nuevo. La amplitud del territorio dejó de ser una abstracción geográfica y empezó a traducirse en costumbre. Ese ensanchamiento del mapa no es un detalle menor: explica por qué la Pascua de hoy ya no cabe en una imagen única del palmeral.
La propia cronología del ciclo pascual ilicitano permite leer con precisión ese desplazamiento. Entre los años cincuenta y setenta, el Parque Municipal y sus aledaños funcionaron como espacio de democratización para familias sin huerto propio. Entre los setenta y los noventa, el Clot de Galvany emergió como un lugar de transición: seguía habiendo agua visible y experiencia de exterior compartido, pero ya no se trataba del agua de la acequia ni del espacio agrario. Desde los años ochenta hasta hoy, las playas del término —El Altet, Arenales del Sol, La Marina y otros tramos del litoral— se han convertido en el espacio dominante de la celebración pascual. Y en los años veinte del siglo XXI se consolida una situación nueva: la fragmentación del mapa festivo. Cada familia elige su propio lugar.
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Celebración pascual en la Pinada de la Marina, hacia 1925. La imagen recuerda que la geografía de la mona en Elche fue más amplia y más diversa de lo que suele imaginarse. Memoria digital de elche |
Parque Municipal y aledaños urbanos
Entre los años 50 y 70, el Parque Municipal y sus aledaños funcionan como espacio de democratización. Para muchas familias sin huerto propio, el parque se convierte en sustituto urbano de la vieja relación con el palmeral productivo. Sigue habiendo palmeras y sombra, pero ya se advierte una desconexión parcial de la lógica agraria que había dado sentido a los espacios anteriores. La fiesta sigue teniendo un lugar compartido, aunque el tipo de relación con el espacio ya no sea el mismo.
El Clot de Galvany
En los años 70 y 80 emerge el Clot de Galvany como nuevo espacio pascual. Es una laguna litoral, no un huerto irrigado. Aquí sigue habiendo agua visible, exterioridad y encuentro, pero ya no se trata del agua de la acequia. La documentación lo lee como un espacio de transición, y esa definición es útil. El Clot no continúa sin más la geografía anterior, pero tampoco la rompe de forma radical. Conserva todavía algo de la experiencia de salir a un lugar donde el agua y el paisaje importan, aunque ya reordenados en clave litoral y de ocio contemporáneo.
Las playas del término: cómo se celebra hoy
Aquí el recorrido alcanza el presente fuerte del artículo. Desde los años 80 hasta hoy, las playas del término municipal —El Altet, Arenales del Sol, La Marina y otros tramos del litoral— se han convertido en el espacio dominante de la celebración pascual. Este dato no puede quedar como apéndice. Es una de las claves de cómo se celebra hoy la Pascua en Elche. La playa ofrece amplitud, facilidad de acceso, posibilidad de reunir grupos grandes, combinar comida y baño y vivir el día festivo de un modo compatible con la vida urbana actual. Todo eso explica el desplazamiento.
Pero la documentación también obliga a mirar el otro lado de ese cambio. En la playa ya no hay acequia, ni huerto, ni un sistema agrario visible. La mona sigue en el centro; el espacio cambia de naturaleza. El agua presente ya no es la del oasis, sino la del litoral. Y con ese cambio se debilita parte del vínculo entre la fiesta y la historia material del palmeral. No hace falta decir esto con tono de pérdida total ni de reproche. Basta con reconocerlo: hoy la Pascua sigue viva, pero sus espacios dominantes ya no son los que mejor explicaban su anclaje histórico en el palmeral.
Hoy: una geografía fragmentada
La última fila de la cronología es quizá la más importante para cerrar bien el artículo. En los años 2020 ya no existe un espacio dominante único compartido por toda la comunidad. Playa, parque, sierra, casa de campo, restaurante o campo: cada núcleo familiar elige su propio lugar. La Pascua no ha desaparecido. Pero su geografía se ha fragmentado. Y esa fragmentación tiene consecuencias simbólicas. Cuando la comunidad deja de ocupar el mismo espacio el mismo día, se debilita la experiencia de reconocerse en una geografía común.
Aquí aparece una de las intuiciones más finas de la documentación: la mona viaja mejor que el espacio. La mona permanece. El huevo permanece. Esclafar l’ou puede sobrevivir en la playa o en un parque. Pero el significado del lugar donde se celebra ya no viaja siempre con la misma facilidad. Por eso entender la Pascua hoy exige mirar al mismo tiempo continuidad y desplazamiento.
Cierre
La mona ha sobrevivido mejor que sus escenarios. Eso, en el fondo, resume bien la Pascua ilicitana contemporánea. El objeto permanece. El gesto permanece. Algunas palabras permanecen. Lo que se ha vuelto menos visible es el espacio que antes daba sentido a todo lo demás.
Durante siglos, la Pascua ilicitana se celebró entre huertos, acequias, nodos de agua y márgenes del palmeral. No eran paisaje de fondo. Eran parte de la fiesta.
Quizá ahí empiece la verdadera pregunta. No si habría que celebrar la Pascua como antes, sino si todavía sabemos leer lo que esos espacios revelan. Porque la mona puede viajar. La memoria del lugar donde se come, no siempre.
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