Qué protege realmente la UNESCO, por qué el turismo puede vaciar la esencia del paisaje y qué estrategias necesita un palmeral vivo en el siglo XXI
El patrimonio nos advierte que los restos del pasado son propiedad colectiva y la sociedad en su conjunto tiene el derecho de organizar y disfrutar.
En términos generales, nos referimos al patrimonio y a su conservación con una cierta ligereza, algo que tiene mucho que ver con su explotación como producto turístico.
Un claro ejemplo de ello es el uso que el marketing turístico hace de los bienes declarados Patrimonio de la Humanidad.
Patrimonio de la Humanidad —o Patrimonio Mundial— es el título conferido por la UNESCO a sitios específicos del planeta (paisajes, monumentos o elementos inmateriales) que han sido nominados y confirmados para su inclusión en la lista mantenida por el Programa del Patrimonio Mundial, administrado por el Comité del Patrimonio Mundial.
El objetivo del programa es catalogar, preservar y dar a conocer sitios de importancia cultural o natural excepcional para la herencia común de la humanidad.
En 2011, había 936 sitios inscritos en el catálogo de bienes protegidos, de los cuales 725 eran culturales, 183 naturales y 28 mixtos, distribuidos en 154 países.
Si revisamos el catálogo de bienes protegidos, observamos que en los últimos años se han incluido bienes de lo más variopinto: parece que todo vale.
Ya entonces se percibía una inflación del sello y su deriva como reclamo turístico.
Tener un bien en la lista de Patrimonio Mundial ha dejado de ser una garantía de autenticidad y conservación del patrimonio para convertirse en un reclamo.
La industria turística es la más importante del mundo y el turismo, bien concebido, es un motor de desarrollo económico y generador de empleo que puede redundar en la conservación del patrimonio.
Desde esa perspectiva, conviene discernir siempre cuál es la esencia de un bien patrimonial en el contexto de su historia: estos iconos, desprovistos de su esencia, se convierten en valor de cambio, pierden su fuerza inicial y se volatilizan como meros bienes de consumo.
Volviendo a la definición de patrimonio, Antonio Malpica Cuello subraya:
«Patrimonio» es un término que incluye una concepción amplia y, por eso mismo, vaga, que necesariamente habría que definir. En nuestro lenguaje entronca directamente con una herencia que tiene materialidad y valor económico. Es evidente que lo utilizamos frecuentemente para hablar de una serie de valores culturales, que se expresan en una materialidad, pero que también son intangibles, y que surgen de las sociedades que nos han precedido. Desde tal perspectiva, los bienes patrimoniales lo son también culturales. Los bienes culturales son patrimonio en sus diferentes facetas y se convierten en tales en cuanto los dotamos del carácter de testimonio del pasado en su globalidad.
Esta definición obliga a una reflexión directa sobre el valor patrimonial del Palmeral de Elche y su conservación como paisaje cultural declarado Patrimonio de la Humanidad.
El Palmeral de Elche como Patrimonio Mundial
El Palmeral Histórico de Elche, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000, forma una unidad paisajística caracterizada por una masa compacta y continua de huertos de palmeras integrados en el casco urbano.
Hay diez criterios de selección que un sitio debe cumplir para ser incluido en la lista.
El Palmeral cumple los criterios II y V:
Criterio II
Testimoniar un importante intercambio de valores humanos a lo largo de un periodo de tiempo o dentro de un área cultural del mundo, en el desarrollo de la arquitectura o la tecnología, las artes monumentales, el urbanismo o el diseño paisajístico.
Los palmerales de Elche constituyen un ejemplo destacado de transferencia de un paisaje típico de una cultura a otra y de un continente a otro, en este caso del Norte de África a Europa.
Criterio V
Ser un ejemplo eminente de una tradición de asentamiento humano o de utilización del mar o de la tierra, representativa de una cultura (o culturas), o de la interacción humana con el medio ambiente, especialmente cuando éste se vuelve vulnerable frente al impacto de cambios irreversibles.
El Palmeral es un rasgo característico del Norte de África, importado a Europa bajo la ocupación árabe de gran parte de la Península Ibérica y que ha sobrevivido hasta hoy. El antiguo sistema de regadío, que sigue en funcionamiento, tiene un interés particular.
Si atendemos a los criterios de inscripción, el Palmeral, como bien patrimonial, tiene un fundamento claro: mostrar las condiciones de vida de las sociedades que crearon y desarrollaron este paisaje.
Presiones actuales: icono, confusión y pérdida de esencia
En la actualidad existe confusión y falta de claridad conceptual respecto a los elementos inherentes al Palmeral y su mundo, algo que afecta seriamente a su supervivencia como Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad.
El Palmeral es un patrimonio cultural con símbolos propios: un legado que refleja cómo el ser humano ha sido capaz de sobrevivir y perdurar en un entorno de extrema aridez.
Su conservación es vital por las posibilidades científicas, culturales, patrimoniales y económicas que encierra.
En un ámbito que sobrepasa lo local, el Palmeral de Elche destaca por su singularidad: es el único oasis Patrimonio Mundial, lo que lo convierte en un referente para el estudio, la conservación y la difusión del patrimonio global de los oasis.
Precisamente por eso exige un cuidado especial: no basta con preservar la imagen; hay que sostener el sentido.
Estrategias para un palmeral vivo en el siglo XXI
Una buena estrategia de conservación requiere un equipo multidisciplinar y debe ser coherente con la esencia del oasis, así como con la declaración de la UNESCO, que considera el Palmeral un paisaje cultural en la categoría de paisaje orgánico: un paisaje vivo, que evoluciona y en el que se toma en cuenta la sociedad que lo gestiona.
En mi opinión, hay que dotar de contenido y funcionalidad al Palmeral.
Es necesario buscar nuevas formas de utilidad social para los huertos de palmeras, así como definir un sistema de usos sostenibles, adecuados al siglo XXI y, a la vez, respetuosos con la historia y los valores patrimoniales inherentes al oasis.
La puesta en valor del paisaje —y de todos los elementos que lo integran— no termina con la repoblación de los huertos, la restauración del sistema de riego o la recuperación de restos arqueológicos.
Hay que pensar en el día de mañana y, por consiguiente, en su continuidad: crear mecanismos que permitan un cuidado permanente y formar personal especializado para su mantenimiento y difusión.
El Palmeral es un producto turístico de primer orden si respetamos su sentido histórico y antropológico.
El acondicionamiento y la conservación del Palmeral deben redundar en beneficio de la sociedad por su potencial de atracción sobre el turismo cultural.
Solo podremos garantizar la durabilidad de esta herencia cultural concienciando y educando a la población local.
La preservación del Palmeral plantea problemas y discusiones que no siempre se pueden resolver de manera inmediata, pero también es cierto que, en un tiempo como el presente, la puesta en valor del conjunto de elementos patrimoniales que lo forman ofrece una oportunidad de desarrollo económico y social.
Epílogo
UNESCO no premia palmeras: premia una transferencia cultural (y la estamos traicionando)
La declaración de la UNESCO no celebra “un palmeral bonito”.
Celebra algo más incómodo: la transferencia de la cultura del oasis y su capacidad de viajar—un modo de sobrevivir en la aridez—que aquí se hizo paisaje y aún se lee en el riego y la trama de los huertos.
Eso es lo excepcional: no la palmera, sino el sistema.
Y aquí viene la verdad que evitamos: el Palmeral ya perdió su función agrícola.
Si aceptamos que basta con conservar la imagen, hacemos una sustitución perfecta: cambiamos el oasis por su estética.
Lo llamaremos “patrimonio” mientras lo tratamos como escenografía, y eso no es conservación: es museificación sin relato, un paisaje que se vuelve irrelevante justo cuando más presume de serlo.
Por eso conservar no puede reducirse a replantar, restaurar acequias u ordenar visitas.
Conservar, hoy, significa una cosa: restituir la lógica que la UNESCO reconoció.
Usos compatibles que devuelvan sentido a los huertos, oficio y formación, mantenimiento financiado, y una ciudad educada para entender que el Palmeral no es un fondo de pantalla: es un pacto cultural con el agua.
La pregunta final no admite maquillaje: ¿queremos un Palmeral “Patrimonio Mundial” que funciona como postal… o un Palmeral que vuelve a ser, de verdad, el oasis que la UNESCO vino a reconocer?
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