En Elche descubre que el oasis no es decorado: es paisaje construido con agua.
Antonio José Cavanilles viaja como se viaja en la Ilustración: con los ojos abiertos y el cuaderno dispuesto. No cruza la provincia de Alicante para coleccionar postales, sino para convertir el territorio en conocimiento.
Y el territorio, hasta que no se demuestre lo contrario, insiste: eriales, aridez, descuido, cerros que alargan el camino. Un paisaje que parece defender una idea simple: aquí manda el secano.
Pero en saliendo de la última garganta, Elche aparece como una interrupción en la lógica. Bosque de olivos, campos cultivados, y en el centro una multitud de palmas que ocultan edificios, torres, cúpulas. La sorpresa es tan dulce que obliga a una decisión: no basta con mirar. Hay que describir con exactitud.
Porque lo que se abre ante Cavanilles no es una escena bonita. Es un paisaje construido con agua.
Viajar para conocer y para poseer
Durante el siglo XVIII, los viajes de exploración se convirtieron en el centro de intereses públicos, políticos y comerciales de las élites europeas. Ambiciosos proyectos de exploración a países lejanos fueron un esfuerzo común de los imperios europeos.
La historia natural constituiría una forma de apropiación y jugaría un papel central en las políticas de Estado; el trabajo del naturalista clasificando y nombrando objetos naturales facilitaría el control no sólo de la naturaleza sino de otras culturas. Quien por primera vez reconoce un lugar, una planta o una medicina proclama su derecho de posesión.
El naturalista como viajero y el viaje como herramienta
Los naturalistas del siglo XVIII hacen del estudio de la naturaleza un elemento esencial de una educación civilizada. La habilidad de comentar una colección es una muestra de educación. El naturalista es el viajero por excelencia; su misión consistía en observar, describir y traducir en palabras las características del universo material que lo rodeaba.
Así surgió toda una literatura de viajes: el viaje fue experimentación pura y no ocio o divertimento, el libro de viaje se transformó en una herramienta de control y el viaje, en sí mismo, transmutó en ciencia.
Expediciones, botánica y Estado
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el gobierno español diseñó y llevó a cabo un número de ambiciosas expediciones a cargo de botánicos que debían investigar los posibles usos medicinales y comerciales de la vegetación tropical. Los proyectos de exploración estaban dirigidos por médicos y patrocinados por instituciones médicas.
En España, más que en ninguna nación europea, la familiarización con plantas medicinales y la promoción de una industria farmacéutica española se convirtieron en compromisos centrales del Estado. La vieja relación entre el reino vegetal y la medicina le permitió a la botánica jugar un papel vital en las políticas económicas imperiales.
Antonio José Cavanilles, el ilustrado que mide un territorio con palabras
Antonio José Cavanilles es una figura clave de la botánica hispana. Prototipo de ilustrado, sus observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del antiguo reino de Valencia ofrecen una visión única de este territorio.
Entre 1791 y 1797 se encarga, por orden del rey Carlos IV, de ampliar los conocimientos que se tenían hasta entonces de las plantas de la geografía española. Cavanilles se dedica a viajar por la región valenciana. Su trabajo quedará reflejado en su obra Observaciones sobre la Historia Natural del Reyno de Valencia, donde incluye además otros aspectos no botánicos como los sistemas de producción agrícola, geografía, demografía o los yacimientos arqueológicos, etc.
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| Mapa del Reyno de Valencia, Antonio Cavanilles1795 |
En 1801 fue nombrado primer catedrático y director del Real Jardín Botánico de Madrid. Durante el período de su mandato, que dura escasamente tres años, el establecimiento multiplica su actividad científica y pronto se convierte en un centro de referencia de la botánica en Europa.
Elche (1791): cuando el paisaje se convierte en argumento
Cavanilles recorre la provincia de Alicante en 1791. En sus observaciones acerca de Elche describe con precisión el territorio, la economía local y sus peculiaridades. Los siguientes párrafos resultan de gran interés para conocer la producción agrícola local de un oasis maduro, tanto en lo relativo a cantidad de producción como a la variedad de cultivos.
Escena 1: La entrada (la sorpresa)
“Fatígase la vista al descubrir por todas partes eriales, aridez, descuido, y cerros que alargan el camino de suyo fatigoso; pero en saliendo de la última garganta, cuando se perciben las inmediaciones de Elche, y en ellas aquel bosque de olivos, precedidos de tanto campo cultivado; cuando en el centro de los olivos se ve aquella multitud de empinadas palmas que ocultan los edificios, y parte de las torres y cúpulas de la villa más populosa del reino, es tanta la sorpresa, tan dulce la sensación, que el espectador desea llegar a aquel nuevo país para conocer a fondo su valor, su hermosura, sus producciones y habitantes, digno todo ello de ser descrito con exactitud”.
Escena 2: El mecanismo (el agua)
“Guiáronse las aguas hacia la porción privilegiada que circuye la villa, y muy en breve se vieron en aquel suelo, antes árido, bosques de olivos, vergeles deliciosos, jardines amenos y agradables, no solo por la frescura, verdor y lozanía de los vegetales, sino por la novedad de los frutos poco conocidos en el resto del reino.
Crecen y prosperan en varios parajes del reino las plantas de algodón, y las palmas que por capricho o adorno se conservan en algún huerto; pero hacer cosechas importantes y cultivar estos vegetales con conocimiento y esmero, solamente lo han conseguido los de Elche.
Destinaron a palmas mil tahullas contiguas a los edificios de la villa, que reducidas a huertos cercados de paredes forman un bosque circular de 70 mil palmas. Síguese a esta faja circular de huertos otra más ancha, donde se cultivan trigos, barrillas, alfalfas, y otras plantas útiles; y últimamente vienen los olivos, que ocupan 30 mil tahullas, y sirven de corona o cerco al resto de las huertas”.
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Xilografía (1842), “Semanario Pintoresco”. |
Escena 3: La vista (la lectura del territorio)
“Mirando este recinto desde la torre o campanario de la Iglesia de Santa María ofrece una vista agradable. Vese a los pies aquel caserío y multitud de calles donde moran 20 mil almas, y luego sucesivamente las fajas circulares de la huerta, seguidas de sembrados sin riego cuando alcanza la vista. Los árboles del secano reducidos a higueras, algarrobos, y a tal cual almendro; la blancura y aridez aparente de los campos hacen un contraste admirable con el bosque de olivos, y este con el de palmas, por mediar entre ellos multitud de huertas con variedad de producciones”.
Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia.
Cierre
Cavanilles no se limitó a admirar Elche: la convirtió en prueba. Donde otros habrían visto un milagro verde, él vio un paisaje construido con agua, trabajo y reglas.
Y esa es la pregunta que nos deja —tan incómoda como fértil—: cuando hablamos hoy del Palmeral, ¿lo contamos como un lugar bonito… o como el sistema vivo que lo hace posible?
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Del concepto de oasis a la ingeniería del agua, y de ahí al territorio que la pone a prueba.






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