Cavanilles, naturalista ilustrado en Elche




En 1791, Antonio José Cavanilles entra en Elche como entran los ilustrados en el mundo: no para contemplar, sino para entender. Esta pieza —del bloque Crónicas viajeras, donde seguimos la mirada de quienes visitaron Elche a lo largo del tiempo— recorre su llegada desde la aridez alicantina hasta el golpe de sorpresa: un palmeral que no “aparece”, se demuestra. Porque para Cavanilles ese verde no es decoración ni prodigio: es un territorio escrito con método, un sistema que revela lo que la Ilustración ambicionaba en cada viaje: convertir el paisaje en conocimiento… y el conocimiento en poder.

Viajar para conocer (y para poseer)

Durante el siglo XVIII, los viajes de exploración se convirtieron en el centro de intereses públicos, políticos y comerciales de las élites europeas. Ambiciosos proyectos de exploración a países lejanos fueron un esfuerzo común de los imperios europeos.

La historia natural constituiría una forma de apropiación y jugaría un papel central en las políticas de Estado; el trabajo del naturalista clasificando y nombrando objetos naturales facilitaría el control no sólo de la naturaleza sino de otras culturas. Quien por primera vez reconoce un lugar, una planta o una medicina proclama su derecho de posesión.




El naturalista como viajero (y el viaje como herramienta)

Los naturalistas del siglo XVIII hacen del estudio de la naturaleza un elemento esencial de una educación civilizada. La habilidad de comentar una colección es una muestra de educación. El naturalista es el viajero por excelencia; su misión consistía en observar, describir y traducir en palabras las características del universo material que lo rodeaba.

Así surgió toda una literatura de viajes: el viaje fue experimentación pura y no ocio o divertimento, el libro de viaje se transformó en una herramienta de control y el viaje, en sí mismo, transmutó en ciencia.




Expediciones, botánica y Estado

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el gobierno español diseñó y llevó a cabo un número de ambiciosas expediciones a cargo de botánicos que debían investigar los posibles usos medicinales y comerciales de la vegetación tropical. Los proyectos de exploración estaban dirigidos por médicos y patrocinados por instituciones médicas.

En España, más que en ninguna nación europea, la familiarización con plantas medicinales y la promoción de una industria farmacéutica española se convirtieron en compromisos centrales del Estado. La vieja relación entre el reino vegetal y la medicina le permitió a la botánica jugar un papel vital en las políticas económicas imperiales.




Antonio José Cavanilles, el ilustrado que mide un territorio con palabras

Antonio José Cavanilles es una figura clave de la botánica hispana. Prototipo de ilustrado, sus observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del antiguo reino de Valencia ofrecen una visión única de este territorio.

Entre 1791 y 1797 se encarga, por orden del rey Carlos IV, de ampliar los conocimientos que se tenían hasta entonces de las plantas de la geografía española. Cavanilles se dedica a viajar por la región valenciana. Su trabajo quedará reflejado en su obra Observaciones sobre la Historia Natural del Reyno de Valencia, donde incluye además otros aspectos no botánicos como los sistemas de producción agrícola, geografía, demografía o los yacimientos arqueológicos, etc.

En 1801 fue nombrado primer catedrático y director del Real Jardín Botánico de Madrid. Durante el período de su mandato, que dura escasamente tres años, el establecimiento multiplica su actividad científica y pronto se convierte en un centro de referencia de la botánica en Europa.



Elche (1791): cuando el paisaje se convierte en prueba

Cavanilles recorre la provincia de Alicante en 1791. En sus observaciones acerca de Elche describe con precisión el territorio, la economía local y sus peculiaridades. Los siguientes párrafos resultan de gran interés para conocer la producción agrícola local de un oasis maduro, tanto en lo relativo a cantidad de producción como a la variedad de cultivos.


Mapa de la zona de Elche, publicado en "Obsevaciones sobre la Historia Natural del Reyno de Valencia" (1795 -1797) 

Las siguientes escenas están recogidas en Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia, de Antonio José Cavanilles.


Escena 1: La entrada (la sorpresa)

“Fatígase la vista al descubrir por todas partes eriales, aridez, descuido, y cerros que alargan el camino de suyo fatigoso; pero en saliendo de la última garganta, cuando se perciben las inmediaciones de Elche, y en ellas aquel bosque de olivos, precedidos de tanto campo cultivado; cuando en el centro de los olivos se ve aquella multitud de empinadas palmas que ocultan los edificios, y parte de las torres y cúpulas de la villa más populosa del reino, es tanta la sorpresa, tan dulce la sensación, que el espectador desea llegar a aquel nuevo país para conocer a fondo su valor, su hermosura, sus producciones y habitantes, digno todo ello de ser descrito con exactitud”.

 

Xilografía pubicada entre 1875 - 1882


 

Escena 2: El mecanismo (el agua)

“Guiáronse las aguas hacia la porción privilegiada que circuye la villa, y muy en breve se vieron en aquel suelo, antes árido, bosques de olivos, vergeles deliciosos, jardines amenos y agradables, no solo por la frescura, verdor y lozanía de los vegetales, sino por la novedad de los frutos poco conocidos en el resto del reino.

Crecen y prosperan en varios parajes del reino las plantas de algodón, y las palmas que por capricho o adorno se conservan en algún huerto; pero hacer cosechas importantes y cultivar estos vegetales con conocimiento y esmero, solamente lo han conseguido los de Elche.

Destinaron a palmas mil tahullas contiguas a los edificios de la villa, que reducidas a huertos cercados de paredes forman un bosque circular de 70 mil palmas. Síguese a esta faja circular de huertos otra más ancha, donde se cultivan trigos, barrillas, alfalfas, y otras plantas útiles; y últimamente vienen los olivos, que ocupan 30 mil tahullas, y sirven de corona o cerco al resto de las huertas”.

 


Escena 3: La vista (la lectura del territorio)

“Mirando este recinto desde la torre o campanario de la Iglesia de Santa María ofrece una vista agradable. Vese a los pies aquel caserío y multitud de calles donde moran 20 mil almas, y luego sucesivamente las fajas circulares de la huerta, seguidas de sembrados sin riego cuando alcanza la vista. Los árboles del secano reducidos a higueras, algarrobos, y a tal cual almendro; la blancura y aridez aparente de los campos hacen un contraste admirable con el bosque de olivos, y este con el de palmas, por mediar entre ellos multitud de huertas con variedad de producciones”.

 

Vista de Elche y sus Palmerales, Alexander Laborde (1808)
 


El Palmeral no es una postal: es la memoria de un pacto

Cavanilles no vio un jardín: vio un método. Agua conducida, trabajo sostenido, reglas para repartir lo escaso sin romperlo.

Dos siglos después, el Palmeral sigue en pie, sí… pero ya no cumple la función que lo hizo nacer: ha dejado de ser un sistema agrícola para convertirse, sobre todo, en paisaje patrimonial.

Y ahí está la incomodidad: cuando un oasis pierde su uso, gana una belleza nueva —la del símbolo—, pero corre un peligro viejo: creer que se sostiene solo.

La pregunta, entonces, ya no es si es bonito: es si sabemos sostener lo que significa. ¿Lo cuidaremos como paisaje… o como el pacto de agua y normas que lo hizo posible?


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